Manicomio

Septiembre 6, 2007

 Otro de los viejitos, este es un inspirado en el estilo de Cortázar, mas directamente en la noche boca arriba. ( me perdonaran los admiradores de Julio por una tan pobre intento de copiar  todo el grandioso estilo de una maestro como el).

 

La noche había caído hacia ya varias horas, y él sabía que ya no quedaba mucho tiempo. Aun lo estaban persiguiendo, y sus viejas piernas ya estaban agotadas. No quedaba mucho en su repertorio de hechizos más que un par de trucos de baja monta que solo distraería a los magos menos experimentados. La captura sé hacia inevitable y así fue como pasó, uno o dos trucos, una pequeña ilusión y en menos de tres minutos el hombre más poderoso de Oimocinam calló derrotado sobre el piso.

 

-”Enfermero, ponga 30 miligramos de valium, este hombre es peligroso”.

 

El despertó en un cuarto completamente blanco, una luz resplandeciente pendía del techo, al parecer sus viejos enemigos no habían perdido el tiempo ya que lo tenían firmemente atado. Pasó un par de horas estudiando el ambiente a su alrededor, todo estaba claro, indudablemente era una ilusión de Zepól ya antes lo habían intentado, pero eso no seria suficiente para vencerlo.

 

-”Señor Cortés, su medicina, por favor no nos dé problemas hoy, solo tómesela, vera que le va sentar bien”-.

 

-”Creen que tomaré esas porquerías que me traen, pueden decirle a Zepól, que nunca me convertiré en uno de sus siervos decerebrados, primero morir que vender mi alma a su injusta causa”-.

 

-”Luis, electrochoques, el viejo se puso oráte nuevamente”.

 

Al despertar, el Húmedo piso de la mazmorra había mojado su túnica, pero era agradable saber que la ilusión había terminado. Sin embargo algunas cosas no habían cambiado, las cadenas y grilletes estaban tan fuertemente apretadas como siempre, y la distancia con su libro de hechizos aun lo convertía en poco menos que un simple campesino.

 

-”Siul, dile al maestro que Sétroc a recobrado la conciencia y que ya lo podemos llevar en su presencia”.

 

El inmundo orco abandonó el pasillo mientras su compañero vigilaba de cerca al mago.

 

-”Prepárate anciano, el maestro Zepól te espera, si haces exactamente como él dice saldrás pronto”-.

 

-”Y bien, Señor Cortés, hace cuando que se cree mago “-.

 

-”Yo soy mago hace mucho tiempo, antes que tu, y antes que los que estaban antes de ti”.

 

-”Su caso es típico, alucinaciones y conflicto de personalidad, y sí, tiene razón, el doctor García y el doctor Vasquez ya me habían hablado de su caso, ellos lo dieron por perdido, pero yo aun tengo fe”-.

 

-”Pierdes tu tiempo, nunca lograras engañarme, tus insípidas ilusiones no me confunden Zepól “-.

 

-”López, Señor Cortés, López. Enfermero lleve al Señor Cortés a su cuarto”-.

 

-”Dr. López, le pongo la dosis de siempre?”-.

 

-”No, hoy quiero hacer unas pruebas especiales”.

 

Esa noche, los grilletes y las cadenas no estaban atados, y aparentemente la reja se encontraba abierta. Sétroc dudó por un segundo, pero para ese momento era lo ultimo que le quedaba. Abandonó las mazmorras y cruzó el pasillo que dirigía hacia la guarnición de armas. Y allí estaba, toda una vida de conocimiento postrada sobre la mesa, ahí estaba lo que lo diferenciaba de todos los demás humanos en Oimocinam, solo bastaban unas ojeadas a su libro de hechizos y todo el poder y el conocimiento volverían a fluir por su cuerpo, ni Zepól ni sus tontos orcos podrían detenerle una vez leyera nuevamente su libro. Y así Sétroc leyó una a una las paginas y sintió como el poder volvió a su cuerpo y supo que por fin, esa noche, todo acabaría. Recordó sus últimos hechizos y se dirigió hacia la cámara de Zepól.

 

-”Es el momento Zepól, tu miserable existencia termina aquí y ahora”-.

 

-”Señor Cortés, por favor regrese a su cuarto, mire que tendré que llamar a Luis y él le pondrá electrochoques”-.

 

-”tus débiles orcos te son inútiles ahora Zepól, ya tengo mi libro de Hechizos, voy a freírlos a todos”-.

 

-”Quiero ver eso Señor Cortés, por favor, muéstreme como piensa Hechizarnos a todos”.

 

El Señor Cortés levantó sus manos triunfal, mientras repetía las palabras en celestial antiguo que sus maestros le habían enseñado, y entonces, como el Dr. López esperaba, no ocurrió nada. El enfermero llevo al pobre viejo a su cuarto, lo ató bien e impartió la ya acostumbrada dosis de elctrochoques. A la mañana siguiente, el Señor Cortés, recibió su medicina y así continuo hasta el día de su recuperación.

 

-”Gracias Dr. López, siento mucho haberle causado tantos problemas, le estoy muy agradecido, hoy regreso a una vida normal”-.

 

-”No ahí nada que agradecer Señor Cortés, solo cumplía con mi trabajo. Oh Señor cortes, Cuando salga, seria tan amable de pedirle a Luis que venga a mi oficina “-.

 

-”Con todo gusto doctor, y nuevamente gracias”-.

 

-”llamó maestro Zepól?”-.

 

-”Si Siul, solo quería que te aseguraras de que Sétroc, abandone el palacio”-.

 

-”Es increíble que el viejo  halla caído en el truco del libro falso…….”-.

El corredor de las sombras

Septiembre 6, 2007

Este es un cuento algo viejo de mis epocas de universidad, como he estado un poco atareado con las otras secciones de mi blog iré reciclando algunos cuentos viejos, espero tener algunas producciones de medianamente mejor calidad proximamente.

En el principio todo eran sombras y Dios hizo el cielo y la tierra, pero en el principio todo eran sombras. Es a esa a nada a la que se acude en los sueños y a la que se clama por respuesta, allí no hay luz ni oscuridad, ni risas o llantos, simplemente no hay nada, a veces hasta se duda poder ser parte de ella. Al principio es difícil de asimilar pero conforme pasa el tiempo, en donde el tiempo ya no cuenta, la idea se hace medianamente soportable.

 

Todo empezó una mañana fría, llovía, llovía mucho, era uno de esos días en los que solo te quieres volver a costar y despertar en un mañana mejor, pero las cadenas de la responsabilidad te jalan hacia la ducha, te visten y te mandan a trabajar sin siquiera un café. Siempre era lo mismo, servia comida para mi gata, bajaba las escaleras, saludaba al portero, dejaba las llaves para que la señora de la limpieza pudiera acceder a mi apartamento, luego caminaba cinco cuadras hasta el paradero del bus, bien podían ser dos cortando el camino por el oscuro callejón que daba a la parte trasera del edificio, pero mi vida vale mas que llegar a tiempo al trabajo, luego esperaba el bus tres o cinco minutos y en un abrir y cerrar de ojos me encontraba en el hospital llevando una eterna guerra perdida contra la muerte, por que a la muerte solo se le ganan batallas por que la guerra ya la tiene arreglada para todos y cada uno de nosotros. Por la mañana caminaba al café del frente del hospital bebía una tinto o dos, dejaba un poco de propina y tomaba el bus que me llevaba de vuelta a casa, bajaba y caminaba las cinco cuadras, que bien podían ser dos, hasta el apartamento. Sin embargo esta nueva mañana seria distinta, ya que el inocente encuentro con un extraño se propondría darle un terrible sobresalto a mi aburrida rutina.

 

Ese día todo marchaba bien hasta el momento de salir del apartamento, camine las cinco cuadras de siempre, que bien podían haber sido dos, y antes de terminar la ultima cuadra una mano helada me tomo por el brazo. Voltee horrorizado tan solo para encontrarme con un pobre anciano, apenas y se podía ver su rostro perdido entre harapos, cabellos y barba, llevaba un bastón y un flaco perro que parecía hacer de lazarillo. Tomé unas monedas y las puse en su mano, el solo murmuro algo, no puse atención y camine hasta el paradero. Tomé el bus y regrese a mi eterno combate sin sentido.

 

Al volver esa noche el bus estaba vacío, solo me acompañaban el conductor y una anciana con unas vivas rosas rojas. Baje y me dispuse a caminar mis cinco cuadras de siempre, que bien podrían ser dos, pero a la mitad de la segunda cuadra pare unos segundos para atarme los cordones, fue entonces cuando reparé que no estaba solo, en la esquina más oscura de la cuadra yacía el perro lazarillo flaco que había visto por la mañana, a su lado parado con un aire de indiferencia se encontraba el viejo ciego, supuse que el pobre hombre no había notado la muerte de su compañero, simplemente me pare y me dispuse a continuar mi camino, pero el ciego tenia otros planes. Se dirigió hacia mi nuevamente y empezó a murmura la misma frase que había dicho por la mañana, o al menos eso creí. Lo ignore, tomé unas monedas de mi bolsillo y en el momento en que me disponía a entregárselas su mano gélida salió a mi encuentro. Las monedas tan solo volaron desde mis dedos para encontrarse con el pavimento, yo aproveché el instante de caos para forjarme un escape, sé que no fue lo correcto pero algo acerca de la presencia de aquel ciego me inquietaba. Esa noche no pude dormir bien, un escalofrío pasaba desde mi mano hasta la punta de mis cabellos cada que recordaba mi encuentro con el ciego, ni siquiera la cálida compañía de mi gata lograba borrar de mí aquel horrible encuentro.

 

 

A la mañana siguiente, baje sin ánimos las escaleras, casi con miedo, olvide dejar la comida para mi gata, no salude al portero y muchisimo menos repare en dejar las llaves para la señora del aseo. Camine tembloroso las cinco cuadras de siempre, que bien podían haber sido dos, buscaba tras de cada bote de basura, en cada letrero, en cada esquina, miraba a cada persona indagando. Cuidadosamente paré una cuadra antes del paradero del bus, en la mitad de la cuadra se encontraba el ciego con la cabeza apuntando hacia mí. Tome un poco de aire, me ate los cordones, alisté un par de monedas y me dirigí hacia él. Desde que puse el primer pie en esa cuadra de muerte me sentí incomodo, todo lo que pasaba por mi cabeza era la gélida presencia de aquel hombre, si es que se puede llamar hombre a una carcasa vacía sin rastros o ganas siquiera de vida. A cada paso mas cerca de el un nuevo escalofrío me punzaba en la espalda, subía con rabia hasta mi cuello y trataba de salir por mis ojos, mis dedos o mi cabello, pero el maldito escalofrío solo trataba, por que nunca salía. Cuando faltaron unos pocos pasos la presencia se hizo tan insoportable que no pude contenerme, solamente arroje las monedas y corrí hasta el paradero del bus, se que no fue lo correcto o mejor dicho ya no estaba en capacidad de discernir lo que era correcto o incorrecto solo tenia que alejarme de él.

 

 Tomé el bus y viajé hasta el hospital, paré primero en el café y descanse un poco, me relajé y cuando casi había olvidado mi horripilante encuentro me dispuse a entrar a mi turno, a mi rutina de vida normal. Mientras entraba al hospital oí como la sirena de una ambulancia se acercaba hasta la entrada de emergencias. Me dispuse de valor para enfrentar una nueva batalla, pero cuando la camilla entró el escalofrío volvió y atravesó mi cuello de una manera insoportable. Simplemente caí inconsciente sobre el suelo, solo fueron unos minutos, tal vez segundos, pero cuando desperté, el paciente al que debía atender estaba muerto. Salí nuevamente y simplemente pase el resto de mi turno en frente de una tasa de café.

 

Por la noche, al regresar a casa, el bus estaba vacío como siempre, esta vez solo estaba el conductor, me senté en el mismo lugar de siempre, en ese momento no me percaté, pero a mitad de camino entre el hospital y mi parada la falta de algo dirigió mi mirada hacia el puesto en el que se encontraba la anciana la noche anterior, una de las rosas aun estaba allí entre los cojines. No se por que me acerque, simplemente lo vi como algo tan único, una rosa que sobrevive sola, en un medio hostil, oculta entre dos cojines. Me dirigí hacia mi divino hallazgo, la tomé delicadamente de entre los cojines, estaba totalmente seca, marchita, muerta, se veía tan bien el día anterior y solo bastó un día para que de un suspiro exhalara todo lo que quedaba de belleza en ella. La acerqué a mi nariz, como esperando poder disfrutar del ultimo aroma que pudiera ofrecer al mundo, pero ella simplemente se desvaneció en mis manos. De repente el escalofrío regresó, no se si fue la proximidad a la parada, o simplemente la presión que me había perseguido el día entero pero tres cuadras antes de mi destino el frió que se había empeñado en hacer mi día miserable regresó. Tenia tres cuadras para decidir como evitar al ciego, dos cuadras para pensar como huir de mis miedos, una cuadra para tirar una moneda o simplemente ignorarlo, al fin y al cabo era solo un ciego, ninguna cuadra solo bajarse y abordar lo incierto. Después de mi parada simplemente camine dos cuadras, dos cuadras que debieron haber sido cinco, pero como él mismo me lo dijo cuando me lo encontré cara a cara sin harapos, sin barba, y sin cabellos, solos él y yo y mi escalofrío, en la mitad de ese callejón oscuro, “todo el mundo es manipulado es solo un poco más obvio con la muerte”.